Improvisando
Era de noche y llovía. No recuerdo ninguna historia con ese fondo que haya acabado bien, pero en ese momento no lo pensé.
Llegué al bar y me senté en mi mesa preferida, esa del rincón en la que puedes pasar totalmente desapercibido. No había mucha gente aquel día, lo que hacía sentirme muy cómodo. Me encantaba ese antro: poco iluminado, guitarras eléctricas sonando de fondo, actuaciones los sábados... Pero lo que más me gustaba era la gente que lo frecuentaba. A pesar de que su aspecto podía dar hasta miedo en algunos casos, eran personas que no te juzgaban hasta conocerte, hartas sin duda de ser prejuzgadas ellas mismas.
No me encontré con caras conocidas, lo cual me alegró al principio. Me apetecía estar solo. Sin embargo, a medida que pasaba la noche me fui sintiendo cada vez más falto de compañía. Me entraron ganas de hablar con alguien, tener esa típica conversación profunda y a la vez superflua mientras de fondo suenan acordes de metal. Levanté la mirada y busqué un rostro conocido sin mucha esperanza de encontrarlo, y me topé con unos ojos verdes que no me apartaron la mirada cuando yo fijé la mía. Noté cómo esa mirada penetraba en la mía, y no fui capaz de mantenerla mucho rato, por lo que volví a centrar mis ojos en la tercera cerveza de la noche. Sin embargo, el botellín había cambiado de aspecto, ahora tenía ojos. Dos ojos verdes, que me miraban.
Tres cervezas y ya deliras, pensé. Me di cuenta de que debía volverme a casa y descansar, pues estaba entrando en una peligrosa espiral que me haría caer en un estado depresivo durante toda la noche. Como era habitual, no había camareros, por lo que me levanté y fui a pagar. Noté que los ojos verdes estaban fijos ahora en mi sudadera de los Maiden, y me di cuenta de que debía pasar a su lado para llegar a la barra.
En cuanto me levanté nuestras miradas volvieron a cruzarse, pero esta vez ambos sonreímos. No solo era una chica con ojos preciosos, sino que además tenía una larga cabellera negra y lisa que me embaucó. Justo antes de llegar a su mesa me dijo:
- Pensaba que no ibas a decidirte.
Me sentí incómodo. Era la típica situación que nunca he sabido manejar bien, y creo que si no fuese tan moreno mi cara habría adoptado un color parecido al de los tomates. Afortunadamente reaccioné a tiempo y dije:
- En realidad iba a pagar... Me voy ya.
Ella no era tan morena, así que noté cómo se ponía colorada. Me sentí mal y mis labios volvieron a hablar por sí solos.
- Es broma. En realidad era la única excusa que se me había ocurrido por si me acobardaba en el último instante.
Me senté y nos presentamos. Se llamaba Cristina, estudiaba periodismo y tenía un año menos que yo. Era la segunda vez que iba al bar, bar que había conocido por casualidad una noche que se agobió entre las paredes de su cuarto y se vio obligada a huir de ellas. Dijo que era el único al que podía ir sola sin preocuparse por lo que pensaran los demás.
Sonreí. Yo pensaba exactamente lo mismo, pero no se lo dije. Realmente me limité a escuchar todas aquellas mentiras que me dijo, una tras otra, sin que yo dudara siquiera de su veracidad. Era fácil mirarla a los ojos cuando hablaba, y en ellos no noté en ningún momento un atisbo de duda en todo lo que me decía.
De repente todo se iluminó durante un instante, y tres segundos después un sobrecogedor trueno silenció la sala. Ella aprovechó el momento para pedirme que la acompañara a su casa porque no llevaba paraguas y el mío era lo suficientemente grande para ambos.
Fuimos a la barra y se ofreció a invitarme por las molestias. Casualmente su casa me pillaba de camino, así que no me importó. La verdad es que estaba disfrutando mucho de su compañía, me había alegrado la noche. En cuanto salimos me agarró por la cintura alegando frío. Yo la miré e intenté besarla, pero en vez de eso fijé la vista al frente y empezamos a caminar.
Solo se oían nuestros pasos y el sonido del agua en los charcos que había formado la lluvia. Paramos en un semáforo. La miré y vi cómo dos gotas de agua recorrieron su mejilla hasta desaparecer de mi vista. A pesar de que había procurado taparla a ella más que a mí, me disculpé y pregunté si se estaba mojando mucho. Con un nudo en la garganta me dijo que no, y fue entonces cuando noté que esas gotas de aguan habían salido de sus ojos, y que otras dos las sucedían ahora.
- ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? - Pregunté. Solo obtuve como respuesta el ensordecedor ruido de otro trueno, que no auguraba nada bueno...
Llegué al bar y me senté en mi mesa preferida, esa del rincón en la que puedes pasar totalmente desapercibido. No había mucha gente aquel día, lo que hacía sentirme muy cómodo. Me encantaba ese antro: poco iluminado, guitarras eléctricas sonando de fondo, actuaciones los sábados... Pero lo que más me gustaba era la gente que lo frecuentaba. A pesar de que su aspecto podía dar hasta miedo en algunos casos, eran personas que no te juzgaban hasta conocerte, hartas sin duda de ser prejuzgadas ellas mismas.
No me encontré con caras conocidas, lo cual me alegró al principio. Me apetecía estar solo. Sin embargo, a medida que pasaba la noche me fui sintiendo cada vez más falto de compañía. Me entraron ganas de hablar con alguien, tener esa típica conversación profunda y a la vez superflua mientras de fondo suenan acordes de metal. Levanté la mirada y busqué un rostro conocido sin mucha esperanza de encontrarlo, y me topé con unos ojos verdes que no me apartaron la mirada cuando yo fijé la mía. Noté cómo esa mirada penetraba en la mía, y no fui capaz de mantenerla mucho rato, por lo que volví a centrar mis ojos en la tercera cerveza de la noche. Sin embargo, el botellín había cambiado de aspecto, ahora tenía ojos. Dos ojos verdes, que me miraban.
Tres cervezas y ya deliras, pensé. Me di cuenta de que debía volverme a casa y descansar, pues estaba entrando en una peligrosa espiral que me haría caer en un estado depresivo durante toda la noche. Como era habitual, no había camareros, por lo que me levanté y fui a pagar. Noté que los ojos verdes estaban fijos ahora en mi sudadera de los Maiden, y me di cuenta de que debía pasar a su lado para llegar a la barra.
En cuanto me levanté nuestras miradas volvieron a cruzarse, pero esta vez ambos sonreímos. No solo era una chica con ojos preciosos, sino que además tenía una larga cabellera negra y lisa que me embaucó. Justo antes de llegar a su mesa me dijo:
- Pensaba que no ibas a decidirte.
Me sentí incómodo. Era la típica situación que nunca he sabido manejar bien, y creo que si no fuese tan moreno mi cara habría adoptado un color parecido al de los tomates. Afortunadamente reaccioné a tiempo y dije:
- En realidad iba a pagar... Me voy ya.
Ella no era tan morena, así que noté cómo se ponía colorada. Me sentí mal y mis labios volvieron a hablar por sí solos.
- Es broma. En realidad era la única excusa que se me había ocurrido por si me acobardaba en el último instante.
Me senté y nos presentamos. Se llamaba Cristina, estudiaba periodismo y tenía un año menos que yo. Era la segunda vez que iba al bar, bar que había conocido por casualidad una noche que se agobió entre las paredes de su cuarto y se vio obligada a huir de ellas. Dijo que era el único al que podía ir sola sin preocuparse por lo que pensaran los demás.
Sonreí. Yo pensaba exactamente lo mismo, pero no se lo dije. Realmente me limité a escuchar todas aquellas mentiras que me dijo, una tras otra, sin que yo dudara siquiera de su veracidad. Era fácil mirarla a los ojos cuando hablaba, y en ellos no noté en ningún momento un atisbo de duda en todo lo que me decía.
De repente todo se iluminó durante un instante, y tres segundos después un sobrecogedor trueno silenció la sala. Ella aprovechó el momento para pedirme que la acompañara a su casa porque no llevaba paraguas y el mío era lo suficientemente grande para ambos.
Fuimos a la barra y se ofreció a invitarme por las molestias. Casualmente su casa me pillaba de camino, así que no me importó. La verdad es que estaba disfrutando mucho de su compañía, me había alegrado la noche. En cuanto salimos me agarró por la cintura alegando frío. Yo la miré e intenté besarla, pero en vez de eso fijé la vista al frente y empezamos a caminar.
Solo se oían nuestros pasos y el sonido del agua en los charcos que había formado la lluvia. Paramos en un semáforo. La miré y vi cómo dos gotas de agua recorrieron su mejilla hasta desaparecer de mi vista. A pesar de que había procurado taparla a ella más que a mí, me disculpé y pregunté si se estaba mojando mucho. Con un nudo en la garganta me dijo que no, y fue entonces cuando noté que esas gotas de aguan habían salido de sus ojos, y que otras dos las sucedían ahora.
- ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? - Pregunté. Solo obtuve como respuesta el ensordecedor ruido de otro trueno, que no auguraba nada bueno...
19/07/2005 00:05 #.
Comentarios » Ir a formulario
Autor: MaeseHevia
Esperamos más entregas de esta saga, XDD. Ahora estoy totalmente intrigado por cómo sigue.
Fecha: 20/07/2005 13:37.
Autor: infinitedream
Agh!! Espero que no seas d los q dejan todo a la mitad... ¬¬ XD Termina leches!!
Fecha: 21/07/2005 15:02.

