Improvisando (XIV)

(Capítulos I, II, III, IV, V, VI , VII, VIII, IX, X, XI, XII XIII )

- Entiendo que tengas miedo – le dije. Pero creo que me he ganado tu confianza. Tú vete a tu piso, yo iré a ver a tu madre, y en cuanto acabe iremos a verte. No te preocupes, estoy seguro de que todo saldrá bien.

Accedió. No estaba muy convencida, pero tampoco tenía otra opción, así que decidió que lo único que podía hacer era mantener la esperanza, y lógicamente me pidió que me diera prisa. Justo antes de separarnos por primera vez desde que nos conocimos, me dijo:

- Muchas gracias por todo. Si no te vuelvo a ver, te agradezco que al menos me ayudaras a desahogarme anoche. Te estaré esperando en mi piso.

- Una cosa más, ¿cómo se llama tu madre?

- María del Carmen Fernández. Dile que somos viejos amigos, que estoy estupendamente y que la quiero un montón. Intenta darle la esperanza que me has dado a mí, por favor.

- Descuida, esta no es la última vez que nos vemos.

Por despedida, me dedicó una sonrisa que no ocultaba su triste mirada. Observé cómo caminaba lentamente hacia su destino, cabizbaja, lo cual hizo que me aligerara para poder darle una alegría lo antes posible. Se me hizo bastante corto el camino, pues estuve pensando en todo momento qué podía decirle a aquella mujer.

Al llegar a la cárcel de mujeres, pregunté por ella y me condujeron hasta su celda, tras el proceso rutinario. A pesar de su evidente estado de abatimiento, pude ver que tenía los mismos rasgos que su hija, aquellos que habían conseguido atraparme por completo. Apenas reaccionó cuando me dirigí a ella.

- Disculpe, ¿María del Carme Fernández?

- Sí, soy yo.

- Verá... Soy un amigo de su hija. Me ha pedido que venga a verla porque ella no puede visitarla.

- El hecho de nombrarla hizo que su expresión cobrara más fuerza.

- Dios mío, dime cómo está Cristina. ¿Se encuentra bien?

- Sí, sí, no se preocupe. Se desvive por averiguar cómo salir de esta situación. Me lo ha contado todo, y me he ofrecido a venir a verla, porque está bastante preocupada por usted.

- Muchas gracias, hijo. Dile que estoy bien, que no se preocupe. Ya me queda poco para salir de aquí, y en cuanto lo haga comenzaremos una nueva vida.

- ¿Tiene algún plan entonces?

- Sí. Durante todo este mes no he pensado en otra cosa. Un exnovio mío es abogado, y en cuanto pueda iré a verlo. Estoy segura de que no tendrá inconveniente en ayudarme. Además, antiguos compañeros de la universidad me ofrecieron trabajo hace poco. Tendremos que irnos fuera de la ciudad, espero que a mi hija no le importe.

Me produjo un gran alivio escuchar aquello. Empezaba a ver la luz al final del túnel.

- Estoy seguro de que le da igual dónde estar con tal de que usted se encuentre a su lado. Creo que tengo una buena noticia, y es que puedo sacarla de aquí ahora mismo.

- ¿Lo dices en serio? ¿Cristina ha conseguido el dinero?

- Se lo han prestado. Tiene que devolverlo, pero no de manera urgente.

- Dios mío, es maravilloso. Muchas gracias por ayudarnos. ¿Sabes dónde se encuentra?

- Sí, descuide. La sacaré de aquí y le llevaré junto a ella.

La verdad es que fue más fácil de lo que había imaginado. Tuve que dar todos mis datos, y no sabía hasta qué punto serían accesibles por el causante de todo esto, pero en ese momento no me preocupaba mucho. Me di cuenta de que la madre estaba aún más desesperada, pues en ningún momento dudó de mis palabras, si bien es verdad que no tenía mucho sentido que yo fuera un súbdito de su marido.

La reacción de ambas mujeres al poder volver a contemplarse fue algo indescriptible. Estuvieron cerca de diez minutos abrazadas, llorando a cántaros. Yo me acerqué a la ventana para que tuvieran un poco de intimidad. Tras unos largos minutos, María del Carmen llamó a información para contactar con el abogado, y mientras Cristina se acercó a mí, con lágrimas en los ojos, y me dijo.

- Gracias.

Quería seguir hablando, pero la emoción se lo impidió. Yo me limité a sonreír, la abracé y dejé que se desahogara. Me sentía muy contento por haber podido ayudarla, y me di cuenta de que todos aquellos sentimientos que había conseguido despertarme en doce horas, ahora se unían para formar solo uno, más fuerte y poderoso que todos los demás.

 

Epílogo


Estuve dos meses sin saber nada de ella. Dos meses recordando en todo momento la noche que pasamos juntos, deseando poder volver a acariciar su cuerpo, mirarla a los ojos y decirle “te quiero” A pesar de que cuando nos despedimos intercambiamos nuestros números, ella me dijo que se pondría en contacto conmigo, y me pidió que no la llamara porque no sabía dónde estaría.

Cada día tenía que reprimir mis ganas de hablar con ella. Ni siquiera podía mandarle un mensaje, lo cual me estaba empezando a matar por dentro. Tras aquellas mil cuatrocientas cuarenta horas interminables, recibí una llamada suya. Quedamos en el bar en el que nos conocimos. A pesar de llegar temprano, ella ya estaba ahí esperándome. Estaba aún más guapa de como la recordaba, y consiguió que mi corazón diera un vuelco al verla. Tras los dos besos de rigor, me invitó a una cerveza y nos sentamos.

- Antes de nada, siento haber tardado tanto en dar señales de vida. Te he traído el dinero, y quiero que sepas que te estaré eternamente agradecida. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí.

- ¿Cómo os va todo?

- Muy bien, la verdad. Estamos en Málaga. Mi madre tiene un buen trabajo, y yo estoy de camarera en un bar. El año que viene seguiré la carrera ahí. El ex de mi madre es una persona maravillosa. Nos ayudó a pesar de que no podíamos pagarle, y aunque mi padre está en libertad, tiene una orden de alejamiento y no hemos sabido nada de él desde que dejamos Sevilla. Además, a mí ya no me buscan. Y estoy muy contenta porque nunca había visto a mi madre tan feliz.

- Me alegro mucho por vosotras.

- No sé qué habría pasado de no ser por tu ayuda. Y quiero que sepas que si alguna vez necesitas algo, estaré encantada de saldar mi deuda.

- No te preocupes. No tienes ninguna deuda que saldar.

La miré fijamente a los ojos, le cogí de las manos y, al igual que dos meses atrás, supo leerme el pensamiento. Antes de que pudiera decir nada, me dijo.

- He conocido a un chico estupendo en el bar. Estamos muy bien y mi madre lo adora. Sé que tú eres un chico estupendo y serías capaz de hacerme muy feliz, pero nunca he sabido mantener una relación a distancia, y la verdad es que esta ciudad no me trae buenos recuerdos.

Lo siento.

Me partió el corazón. El momento que había estado esperando durante tanto tiempo había llegado, y ahora se iba sin que yo pudiera remediarlo. A pesar de todo, logré recomponerme, y estuvimos charlando acerca de aquellos dos meses. Luego se tuvo que ir a coger el tren, pero no me permitió acompañarla, por lo que nos abrazamos, me volvió a dar las gracias y se fue. Yo me quedé en el bar, con el botellín de cerveza en la mano y la mirada fija en la puerta. Tras media hora en la misma posición, me di cuenta de que no volvería, y justo cuando me iba a ir, empecé a sentirme observado. Me di la vuelta, y vi que en mi mesa preferida, aquella de la esquina en la que podías pasar totalmente desapercibido, una chica de ojos verdes no dejaba de mirarme.

 


11/07/2006 22:44 Autor: gelmir. #.

Comentarios » Ir a formulario


Autor: Elena

tío, eres un crack, la historia (ya lo sabes, pero bueno) está genial. Lo único que ya sabes, ese final que lo deja solito al pobre... me da penita jejeje.
un besazooooooooo

Fecha: 01/08/2006 13:05.


Añadir un comentario

*

*
No será mostrado.


*

* Datos requeridos.


Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.