Carta de Despedida

Querido blog:

He presentado un relato en un concurso. El requisito era 2000 palabras máximo. Aquí te dejo mis, aproximadamente, 1700.

 

CARTA DE DESPEDIDA

 

Justo en el momento en el que nos estrechamos las manos, comencé a sentirme victorioso. Nuestras miradas se cruzaron, y él se percató de que mi expresión irradiaba demasiada felicidad, lo cual le creó una tremenda inseguridad. Obviamente, no quería parecer el derrotado, por lo que trató de hacerme ver que él estaba más contento que yo por el acuerdo al que habíamos llegado, pero sabía muy bien que la realidad era muy distinta. Siempre había tenido un estúpido complejo de inferioridad, y yo supe en todo momento cómo aprovecharme de aquel sentimiento.

 

Desde hacía unos meses, habíamos estado trabajando juntos en un proyecto. A pesar de haber tenido siempre una relación bastante formal, nuestros caracteres eran demasiado distintos y pronto se vio reflejado: nos costaba mucho ponernos de acuerdo en nimiedades, pero el afán de conseguir nuestro objetivo pudo más que nuestras diferencias, y pudimos seguir adelante. Yo necesitaba su inteligencia, y él alguien que le diera órdenes.

 

Tras un inicio un tanto dubitativo, poco a poco nos fuimos dando cuenta de que marchábamos por el buen camino. Todas las pruebas finalizaban de manera positiva, obteníamos los resultados previstos y no había ningún atisbo de duda: íbamos a conseguir fabricar una vacuna contra el VIH. No curaría por completo, pero sí frenaría sus avances y dotaría de una mejor calidad de vida a los recién infectados. Sin duda alguna sería el avance científico más importante de los últimos cincuenta años.

 

Fue entonces cuando llegó la gran discusión: yo quería patentar el descubrimiento y comercializarlo, mientras que su idea era venderlo a precio de costo, pues argumentaba que la mayoría de los infectados tenía un poder adquisitivo bastante bajo por lo que, si seguíamos adelante con mi plan, de nada les serviría el descubrimiento. Además, siempre se había avergonzado de ser “un privilegiado que podía comer tres veces al día y tener una calidad de vida con la que el noventa por ciento de la población ni siquiera era capaz de soñar”. De hecho, empezó a trabajar conmigo porque se sentía en deuda con aquellos infelices. Mi idea era bien distinta: no me sentía culpable por algo que no había hecho, y solo quería obtener una justa recompensa a tantos años de dedicación a la medicina.

 

La negociación fue dura, nunca le había visto tan seguro de sus ideales. Le encantaba vivir a contracorriente, siempre trataba de ir en contra del mundo occidental. Se hacía el bohemio, odiaba el consumismo y su meta en la vida era no depender del dinero. Le gustaba aparentar que le daba igual lo que la gente pensara de él, pero irónicamente esa era la imagen que se esforzaba por dar; lo que realmente quería era que todo el mundo pensara que eso era cierto. Por tanto, no podía permitirse que la opinión pública sacara a la luz la riqueza que obtendríamos si conseguía convencerle. Tras unas horas debatiendo las distintas opciones, conseguí entender claramente su objetivo: quería pasar a la historia como la reencarnación de Gandhi, o incluso eclipsarlo. Deseaba por encima de todo no obtener ningún beneficio, camelarse a la crème de la crème de la sociedad científica, ganar el premio Nobel y, una vez conseguido esto, donar el millón de dólares en que está dotado dicho galardón a los más desfavorecidos. Toda una hermanita de la caridad. Era un plan demasiado maquiavélico para una persona que por fuera era todo bondad y, en el momento en el que lo descubrí, supe que tenía las ideas demasiado claras y sería muy complicado convencerle, por lo que tuvimos que llegar a un acuerdo: patentaríamos la vacuna, la comercializaríamos y nos repartiríamos los beneficios. Los suyos irían directamente a parar a una ONG que iba a formar para la integración de enfermos de sida, mientras que yo podría disfrutar de unas bien merecidas vacaciones. De aquella manera su imagen no se vería afectada, e incluso podría verse fortalecida tras tal acto de generosidad aparentemente desinteresado. Sin embargo, la gran mayoría seguiría sin poder costear el tratamiento, uno de sus principales argumentos, mientras que yo no me vería perjudicado en absoluto, por lo que era el claro ganador del plebiscito.

 

Justo cuando me iba, trató de convencerme por última vez. Me dijo que no necesitaba el dinero en absoluto, y que la satisfacción de ayudar al prójimo enriquecía mucho más a la persona que todo el oro del mundo. Pensaba que éramos unos privilegiados por nuestra inteligencia y nos veía capaces de crear un mundo mejor. Afortunadamente, yo ya había conseguido lo que quería y no tenía ganas de seguir discutiendo, por lo que me limité a pedirle que dejara a un lado su hipocresía y falsedad, pues no iba a conseguir engañarme. No supo qué responder, así que aproveché el silencio para marcharme, con la tranquilidad que transmitía no tener que volver a pisar el laboratorio en mucho tiempo.

 

            Mi dicha se tornó en desdicha al cabo de unas semanas. Comencé a sentirme bastante débil, perdía el equilibrio con facilidad y tenía bastantes espasmos. Al principio no me preocupé en exceso. Supuse que se debía a que mi ritmo de vida había decaído exponencialmente, y decidí que me vendría bien hacer algo de ejercicio. Sin embargo, al ver que no mejoraba, decidí acudir a un experto en diagnósticos y empecé a hacerme numerosas pruebas: resonancias magnéticas, estudios electromiográficos y una batería de análisis de sangre y de orina.

           

            Como buen amante de la medicina, sabía perfectamente por mis síntomas que no se trataba de nada bueno, y durante los días que transcurrieron hasta obtener los resultados mi esperanza fue disminuyendo hasta tal punto que la noche anterior fui incapaz de dormir; había perdido la fe en la ciencia a la que había dedicado gran parte de mi vida.

           

            Esclerosis lateral amiotrófica. ELA. Esas tres palabras sonaron como una explosión en mi interior; no necesitaba la cruel descripción que me hizo aquel aprendiz de House tras confirmar mis sospechas: “La esclerosis lateral amiotrófica es una enfermedad mortal en la que las neuronas que controlan el movimiento muscular voluntario, las cuales se encuentran en el cerebro y la médula espinal, disminuyen gradualmente su funcionamiento y mueren. Por desgracia, las causas son desconocidas hasta el momento, y no existe ningún tratamiento capaz de sanarlo. La esperanza de vida para los afectados está en torno a los dos o tres años. Sin embargo, en su caso se está desarrollando a una elevada velocidad, por lo que probablemente no le queden más de dos meses. Lo mejor que puede hacer es ponerse en contacto con un fisioterapeuta, que es el tipo de profesional encargado de asegurar la independencia funcional a través del ejercicio y la utilización de los equipos técnicos oportunos”.

 

Salí de la consulta destrozado. Mi mundo se había venido abajo con una facilidad pasmosa; de repente, ya nada tenía sentido. Mientras me dirigía a casa, vi un cartel publicitario de un futuro estreno cinematográfico, y únicamente me pregunté si seguiría con vida para poder verlo.

 

Dejé que pasara el tiempo. No busqué ningún fisioterapeuta, ni quise averiguar más acerca de cómo podía incrementar mi esperanza de vida. No tenía fuerzas ni ganas de luchar. Debido a ello, la enfermedad siguió evolucionando a pasos agigantados y pronto empecé a sufrir insuficiencia respiratoria, por lo que tuvieron que ingresarme. Sabía que pasaría mis últimos días en un hospital, y únicamente esperaba que no se hiciera muy largo.

 

            Mientras agonizaba en aquel edificio, sentí que había malgastado mi vida. Me encontraba completamente solo, tumbado en una cama y perdido en aquel mundo en el que se había convertido mi habitación, mientras veía pasar las horas desde un cruel viejo reloj. Al pensar únicamente en mí había perdido casi todo el contacto humano, y el resultado saltaba a la vista: nadie se había dignado a hacerme una visita, exceptuando mi compañero. A pesar de que en otras condiciones me habría irritado en demasía verlo, en esta ocasión el hecho de ver que se preocupaba por mí y le dolía ver la situación en la que me encontraba – casi no podía respirar  y había perdido mucha masa muscular – me llegó al alma.

 

            Estuvimos conversando bastante tiempo, y fue cuando comprendí su grandeza. Mis ansias de enriquecerme me habían cegado por completo, y me habían llevado a pensar que todos pretendíamos lo mismo. Afortunadamente, estaba equivocado por completo; los últimos meses los había compartido con una persona que era todo bondad sin darme cuenta. Toda aquella historia del premio Nobel había sido imaginada por mi subconsciente para creer que él era tan egoísta como yo. Por desgracia, ya era tarde para poder aprender más de él, pero aún no lo era para corregir mi error: podía donar toda mi riqueza, que ya no me serviría en absoluto, a su fundación. Además, la patente no se renovaría a los diez años, y él podría hacerle llegar la vacuna a todos los infectados. Junto a mi lecho de muerte me llevaría a muchos inocentes que, debido a mi falta de humanidad, no habían podido acceder al tratamiento, pero abandonaría este mundo con la conciencia tranquila porque, aunque tarde, había aprendido la lección y dado el primer paso para que muchos otros pudieran salvarse.

 

            Si hubiese aprendido todo aquello mientras trabajábamos juntos, seguro que mi último mes de vida habría sido más provechoso. Me apenaba mucho no poder enseñar a nadie lo que acababa de aprender, pues nadie más vendría a visitarme. Afortunadamente, se lo hice saber y, sonriendo, me dijo que aún había algo que podía hacer: me animó a que lo dejara escrito como últimas palabras. Tenía cierta fama por ser el co-descubridor de la vacuna, y gracias a ello sería fácil hacerlo difundir.

 

            Por ello, he querido compartir estas palabras con usted, querido lector, antes de que mi vida se apague por completo. Quisiera agradecerle que haya dedicado unos minutos a leer mis últimos pensamientos, pues son los más bellos que he tenido en mi vida. Desde la habitación 628 del hospital Infanta Luisa de Sevilla, el Doctor Antonio López García se despide de este mundo con la esperanza de haber transmitido las ganas de vivir que ahora mismo siente. Espero que sean capaces de ayudar a mi amigo y mentor, el gran Doctor Mario Aguirre Baños, futuro premio Nobel de medicina, a cambiar el mundo.

 

17/12/2006 05:54 Autor: gelmir. #.

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Autor: Anónimo

Me ha enkantado!
Suerte!!

Fecha: 18/12/2006 21:23.


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