Aquel mágico café (I)
Querido blog:
Es curioso, pero lo primero en lo que me fijé de ella no fue precisamente su físico, a pesar de ser una belleza y tener, además de un cuerpo de modelo, unos ojos para volverse loco. Y esto es así porque nuestro comienzo, como casi toda nuestra relación, fue virtual.
Así es, la conocí a través de un foro de internet. Empecé a fijarme en ella porque tanto su nick como su avatar me encantaban, y me di cuenta de que sus intervenciones no me dejaban indiferente. Cada vez que escribía un mensaje nuevo, me fijaba en lo que decía, mientras intentaba imaginarme cómo sería la persona que estaba detrás de aquellas palabras.
Tras indagar un poco y no descubrir nada, decidí mandarle un mensjito y, como me respondió, empezamos a escribirnos. Sabía muy poco de ella, pero me gustaba conectarme y ver que tenía una respuesta nueva. Era como un plus de vitalidad, había días en los que solo eso podía alegrarme. Me di cuenta de que yo también le caía de maravilla, así que decidí dar el paso: Aprovechando que estábamos enzarzados en una discusión acerca de lo divino y lo banal, vi que era el mejor momento para decirle que lo mejor era discutirlo en persona. "Dicho y hecho: el domingo por la tarde, a las 6, un café en un bar del centro. Nos esperaremos fuera, en la puerta de la librería que está justo al lado, para poder reconocernos."
Nervios infinitos. Decisión de la indumentaria (¿camisa, polo o camiseta?). Obsesión por los pequeños detalles (¿es un Cola Cao demasiado infantil, un té demasiado inglés y un capuchino demasiado especial? Me pediré un café con leche).
Y llegó el esperado día, cuya mañana no se me hizo larga debido a que la noche anterior fui incapaz de dormir. Me levanté tarde, desayuné poco, almorcé menos y comencé a prepararme. Los nervios me jugaron una mala pasada mientras me afeitaba, y me hice un pequeño corte, pero afortunadamente apenas se notaba. Tras ducharme, estuve cerca de diez minutos intentando colocarme las lentillas debido al temblor de las manos, pero finalmente lo conseguí.
Todavía quedaba media hora para nuestro encuentro pero, aun sabiendo que llegaría demasiado temprano, salí en dirección a la parada del autobús, el cual no tuve que esperar demasiado. En el corto trayecto hasta la última parada, más dudas: ¿debería haberme afeitado ayer para no parecer un imberbe (y para que no quedara rastro del corte)? ¿La espero con los auriculares puestos? ¿Qué puedo hacer para no parecer nervioso?
Tan absorto estaba en mis pensamientos que tardé en darme cuenta de que una chica había clavado, desde el fondo del autobús, su mirada en mis ojos. Cuando me percaté de ello sonreí y, rápidamente, aparté la mirada. Ella siguió mirándome un rato, y luego trató de disimular. Poco a poco el vehículo se fue vaciando, hasta llegar a la última parada. Fui el primero en salir, y entonces la chica del fondo se acercó y me dijo: "Perdona, ¿Titoíto?"
Parecía sacada de una revista del Victoria's Secret: tenía la sonrisa más dulce que he visto en mucho tiempo, y su forma de ruborizarse cuando me dirigió la palabra me pareció adorable. No era extremadamente delgada, pero tenía bien marcadas sus curvas y se notaba que hacía ejercicio regularmente. Y sí. Unos ojos para volverse loco. Hacía contraste tanto verde rodeado de ese pelo tan negro, pero, dios mío, qué bien quedaba. Además, no eran solo esos ojos, era su mirada en sí: tan segura y acogedora a la vez. Una delicia.
Continuará.

