Minirrelato (III)
Querido blog:
Juan hacía todo lo posible por mantener el contacto. Le propuso innumerables planes para verse, pero ella siempre estaba ocupado. Notó que él nunca era su primera opción, pero intentó no preocuparse por ello. No solo no se habían jurado amistad eterna sino que, además, Laura era una persona muy sociable. Por ello, siempre se lo pensaba mejor antes de recriminarle nada, pues no se sentía con derecho. Pero su paciencia tenía un límite.
Ocurrió el día que se cumplían cinco años de la muerte de su madre, en un desgraciado accidente de tráfico por culpa de un ebrio conductor que pensó que los semáforos no iban con él. Juan le había dicho en una de sus memorables charlas que cada vez que se acercaba esa fecha le costaba un mundo no caer en una depresión. Curiosamente, era justo en los aniversarios cuando peor lo pasaba; todos los años acababa borracho e incapaz de contener las lágrimas, buscando siempre el bar más deprimente en el que pasar la noche. Laura le prometió que no le dejaría solo la próxima vez.
Pero lo hizo. Una semana antes del día en cuestión él le mandó un correo, como de costumbre, que ella respondió al cabo de las dos horas. Juan no leería su contestación hasta el día siguiente, pero ya no era el mismo. Había entrado en esa espiral de melancolía y tan solo deseaba que el tiempo pasara velozmente. Pero no fue así. Cada hora parecía avanzar más lentamente que la anterior, mientras que él miraba fijamente su teléfono móvil y comprobaba su correo cada dos por tres. El quinto aniversario se acercaba y Laura no había vuelto a dar señales de vida.
Ni llegó a darlas. Aquel viernes Juan no fue al conservatorio. Se sentía peor que nunca, pues a su dolor habitual se le unía el hecho de haberse visto abandonado por alguien en quien había depositado toda su confianza. Desde las ocho de la tarde deambuló por los peores barrios en los que se atrevía a entrar, hasta que encontró un pequeño bar tremendamente ruinoso, en el que no dudó en entrar. Se sentó en la barra, pegado a la pared, y comenzó a pedir los tragos más fuertes que su garganta soportaba. A las dos de la mañana, cuando su hígado le avisó de que no toleraría ni un trago más, cogió el móvil y le mandó un mensaje corto con tan solo seis caracteres: "T odio".
Laura no leyó ese mensaje hasta la mañana siguiente. Había tenido una semana repleta de exámenes, y no había podido ausentarse ni una hora de la tienda de sus padres. La noche del viernes se acostó antes de la medianoche, bajó las persianas de su habitación y se dijo que el sábado se despartaría cuando su cuerpo se lo pidiese, y se dedicaría el fin de semana a ella misma. Ese pensamiento le duró hasta que encendió el móvil. Estaba aún tumbada en la cama, feliz de haber podido descansar y no tener que preocuparse por nada durante dos días. "Escuchó" cómo el móvil vibraba y sonrió porque sabía que era un mensaje. Su semblante cambió por completo cuando lo leyó. Lo entendió perfectamente, y sintió que Juan podría odiarla una barbaridad, pero seguro que no más de lo que ella se odiaba a sí misma en ese momento. El mundo se le derrumbó por completo, porque sabía que le había fallado en un momento que su mente no alcanzaba a imaginar lo duro que podía llegar a ser, y sentía que Juan jamás volvería a recuperar la sonrisa por su culpa. Se echó a llorar sobre la almohada desconsoladamente, temblando de miedo y sin saber qué hacer.
Tras una durísima media hora en la que sintió que le faltaba el aire, intentó recomponerse. Cambió su plan por completo, no se dedicaría esos dos días a ella, sino a él. Se arregló rápidamente, desayunó y lo llamó, rezando para que cogiera el teléfono. Tres veces lo intentó y las tres veces escuchó cómo la llamaba se cortaba tras un minuto de espera. Las lágrimas volvían a aflorar, pero intentó no venirse abajo. Comprobó la hora a la que había recibido el mensaje y se dijo que seguramente Juan aún estaría durmiendo, así que decidió esperar hasta la hora del almuerzo. Tampoco obtuvo respuesta.
Laura comenzaba a desesperarse, pero entonces tuvo una corazonada. Cogió su bici y pedaleó con todas sus fuerzas hasta llegar al cementario. Jadeando, le puso el pitón y comenzó a correr, hasta que encontró la tumba de su madre. Y sobre ella, más pálido que nunca, y retorciéndose de dolor, se hallaba Juan.

